La carencia
Yo no sé de pájaros,
no conozco la historia del fuego.
Pero creo que mi soledad debería
tener alas.

Yo no sé de pájaros,
no conozco la historia del fuego.
Pero creo que mi soledad debería
tener alas.
Sostengo la fotografía en la mano.
Se trata de la fotografía de un hombre y una mujer que visitan un parque de atracciones, en 1959.
En doce segundos, dejo caer la fotografía sobre la arena que se encuentra a mis pies y me alejo.
Ya reposa ahí, en el suelo, a doce segundos en el futuro.
Ahora a diez segundos.
Sostengo la fotografía en mi mano.
La encontré en un bar en ruinas en la base de Gila Flats.
Hace 27 horas.
Aún sigue ahí, a 27 horas en el pasado, dentro del marco al interior del lóbrego bar.
Aún sigo ahí, mirándola.
Sostengo la fotografía en la mano.
La mujer sujeta una palomita de maíz entre los dedos pulgar e indice.
La Noria se detiene.
Ahora a siete segundos.
Octubre de 1985.
Estoy sentado en Marte.
Julio de 1959.
Estoy en Nueva Jersey, en el parque de atracciones Palisades.
A cuatro segundos.
A tres.
Ya me he cansado de mirar la fotografía.
La sujeto. La dejo caer sobre la arena que se encuentra a mis pies.
Voy a contemplar las estrellas.
Se encuentran tan lejos, y su luz tarda tanto en llegar a nosotros...
que lo único que llegamos a ver son viejas fotografías suyas.
Rodrigo Fresán contaba que John Cheever proponía un ejercicio en sus
talleres de escritura: el intentar redactar una carta de amor en medio
de una habitación en llamas.
Allende lo hizo.
Su discurso final es una
carta de amor escrita en una habitación en llamas.
En un palacio en
llamas.
En un país en llamas.
La palabra como arma de guerrilla,
como impulso primordial del cambio fundacional.
La palabra como bomba de racimo que cae entre las tropas y despierta sus cabezas.
Como golpe más que como advertencia.
Como tortura más que redención.
La
palabra como una polea, que levante el peso de los poderosos
y los deje
caer donde más les duela.
Como una honda que me haga más David y menos
Goliat.
Como una porra que quiebra piernas y rompe ilusiones.
Como si fuera un desenlace,
como si fuera un alumbramiento.
Como una primigenia llama de comunicación,
y, a la vez,
como una estocada asesina de falsas intenciones.
La palabra como una efímera pero definitiva victoria intelectual.
O como un error que podría romperte el corazón.
Como una caricia que enamora hasta al más materialista.
Como un casquete que incluso después de utilizado, se puede volver a disparar.
La palabra como fuego.
Como verbo y no como simple sustantivo.
Como acción que merece reacción
La palabra en Claroscuros.
La palabra Agridulce.
Como si fuera a nacer pero quisiera matar.
Así como, incluso sin proponérmelo,
aspiro utilizarla.
Cuando grande quiero ser un poeta joven.
Quiero tener estilo, y ponerme ropa entretenida.
Quiero organizar hartas lecturas y enviar cadenas de mails con flyers llamativos.
Quiero editar mis revistas, editar mis libros, editar los libros de
mis amigos y los libros de los amigos de mis amigos, que deben ser todos
super buenos.
Quiero estudiar un doctorado, para decir que no soy un poeta académico.
Quiero ser marginal, para que me inviten a congresos de poetas
marginales donde pueda conocer a otros poetas marginales, y viajar en
avión.
Quiero hablar de lo difícil que es ser joven, y más encima un poeta joven, y más aún un poeta joven en Chile.
Ustedes no son capaces de imaginárselo.
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