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Vivo la vida a vuelo de pájaro. Miro a los demás desde mi saludable altura y no bajo si no es para comer, joder o dormir. Si se pudiera, también lo haría en las alturas.

Vivo la vida a vuelo de pájaro. Miro a los demás desde mi saludable altura y no bajo si no es para comer, joder o dormir. Si se pudiera, también lo haría en las alturas.
¿Qué les queda por probar a los jóvenes
en este mundo de paciencia y asco?
¿sólo grafitti? ¿rock? ¿escepticismo?
también les queda no decir amén
no dejar que les maten el amor
recuperar el habla y la utopía
ser jóvenes sin prisa y con memoria
situarse en una historia que es la suya
no convertirse en viejos prematuros
¿qué les queda por probar a los jóvenes
en este mundo de rutina y ruina?
¿cocaína? ¿cerveza? ¿barras bravas?
les queda respirar / abrir los ojos
descubrir las raíces del horror
inventar paz así sea a ponchazos
entenderse con la naturaleza
y con la lluvia y los relámpagos
y con el sentimiento y con la muerte
esa loca de atar y desatar
¿qué les queda por probar a los jóvenes
en este mundo de consumo y humo?
¿vértigo? ¿asaltos? ¿discotecas?
también les queda discutir con dios
tanto si existe como si no existe
tender manos que ayudan / abrir puertas
entre el corazón propio y el ajeno /
sobre todo les queda hacer futuro
a pesar de los ruines del pasado
y los sabios granujas del presente.
Me harté de mi ego.
Me cansó, no hace nada bueno de mí.
Así que le engañe para subir junto a él y lo empuje desde si mismo.
Será una gran caída, pensé.
Pero el muy hijo de puta cayó de pie, se dió la vuelta, y aún a mi altura, me sacó la lengua.
Asombroso.
Había olvidado esta sensación.
De estar completo.
De poder con todo.
De ser perfecto.
Llueve.
Las gotas caen y el “clap-clap” afuera de la ventana suena tanto en la capital como en el puerto.
Recordándome que mis dos mundos hace no mucho tiempo eran sólo uno.
Pero esa vez estaban unidos por algo mucho más real que este aguacero tardío.
Algo que ya no está, se esconde, se escapa y me niega la tranquilidad de a poco todos los días.
Me niega.
Esa unión es casi solo recuerdos.
Llueve.
Me tranquiliza. Sana mi insomnio.
Hace que todas las canciones suenen mejor.
Pero ya no está.
Ella es igual de intermitente que la lluvia en este año de sequía.
Tal y como dice el refrán.
Nunca te irás a la cama sin saber algo nuevo:
Hoy aprendí que para encontrar algo, hay que dejar de buscarlo...
Esa necesidad inaguantable de escribir incluso en el peor momento, en el de más apuro, en el de menos tiempo. De gritarle al mundo que eres el peor y que lo pasas peor, de decir lo que nadie ha dicho y nadie dirá porque te pasa sólo a ti, y, poniéndonos serios, sólo pasa en tu cabeza. De mandar al resto de los millones de seres que se hacen llamar humanos un ratito a la mierda porque no te llegan a los talones cuando estás arriba de la montaña de tu ego. Porque son invisibles en su uniformidad, cada uno más parecido al anterior. Porque no importan, y porque los que importan no están contigo. Porque los que importan, ahora mirándolos a la distancia, nunca importaron, y las razones que los hacían importantes no eran más que ideas que el chocolate puso en tu cabeza.
La necesidad de botar lo que tengo adentro, que crece cada día y me rebalsa hasta hacerme escribir. De poner en palabras lo que hace sinapsis en esta cabeza loca que no quiere entender que no ha nacido para esto, ni para lo otro, ni para lo anterior. Que está solo y que está hecho para estar solo, que ya somos muchos y la reproducción de la especie no cabe en este cuento. Poner en palabras la rabia que corre por este cuerpo de una forma en la que suene bonito y se lea correctamente. La rabia que me despierta cada mañana odiando a mis congéneres, a la historia, a los errores que repetimos estúpidamente generación tras generación, mientras seguimos sin comprender que el plural importa más que el singular. La Rabia contra la que me ha dejado aquí, obligándome a dormir con mi soledad. La rabia contra mí, que no puedo dejarla ir. Ni a ella, ni a la soledad.
Esa necesidad que te viene en cualquier momento, estés duchándote o teniendo sexo desenfrenado. O ambos incluso. Ese necesidad de dejar algo tras de ti, algo que perdure. Porque tan solo la muerte la tengo asegurada, y no quiero que me olviden, aunque sé que no me recordaran. La necesidad de crear algo que dure para siempre ya que yo no lo haré, ni mis hermanos tampoco, dicho sea de paso. De que mi cara esté estampada en remeras de chicos que no tienen idea que es lo que en verdad pensaba cuando escribía sobre esta necesidad. La trascendencia fundamental, que por supuesto no llegará, pero en la que debo confiar para que este diario vivir de pequeñas calamidades valga la pena. Para pasar por alto el daño estructural con el que nací, y que el cataclismo personal de hace algunos meses solo dejó al descubierto.
La necesidad de ser alguien. De apartarme de la tribu. De superar “la melancolía de vivir en este mundo y de morir sin una estúpida razón”.
La necesidad de vomitar las ideas como si estuviera ebrio, porque en efecto estas ideas embriagan, y me requiero consciente para mirarle la cara a mi madre y decirle lo que quiero de verdad. Decirle que en noches como esta la necesidad es abrumante. Mirarla a los ojos y confesarle que, antes del alba, todo lo que quiero es escribir.
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